Sociedad

Encerrados en el clóset de Kenia

Por: Jacob Kushner

Una agitada tarde en Nairobi, la capital de Kenia, tres hombres homosexuales provenientes de Uganda caminaban a casa desde un centro de salud sexual cuando fueron detenidos por un oficial de policía. Nelson, de 25 años, llevaba una bolsa. En ella el oficial de policía encontró panfletos sobre los derechos de los homosexuales, así como condones y lubricantes que había recibido unos momentos antes en el centro.

Para el oficial, “esas eran pruebas de que éramos homosexuales de que habíamos venido a destruir a Kenia con nuestros hábitos”, recuerda Nelson (los nombres de todos los refugiados mencionados en este reportaje han sido cambiados para su protección). Señala que el policía los llevó a los tres a la cárcel, los encerró en una celda con prisioneros heterosexuales y anunció que “estos son homosexuales; uno no sabe lo que harán”.

Los presos comenzaron inmediatamente a interrogar y luego a golpear a los ugandeses homosexuales. Esto continuó hasta que Nelson logró convencerlos de que el oficial de policía estaba mintiendo para intentar obligarlos a ofrecer un soborno, lo cual es una práctica común en Kenia. Los tres ugandeses homosexuales pasaron la noche en esa celda, hasta que varios representantes de la clínica de salud sexual llegaron en la mañana y convencieron a la policía de que los dejara libres. Tras salir de la cárcel, Nelson dice que un oficial lo amenazó: “Sabemos dónde vives”.

Es probable que así sea. Durante meses, alrededor de dos docenas de ugandeses homosexuales, lesbianas y transgénero habían vivido en una enorme casa en las afueras de Nairobi, en una zona llamada Rongai. Mucho tiempo después de que un tribunal echó abajo la infame ley antigay de Uganda, conocida como la ley de “Matar a los gays”, por una disposición de pena de muerte en uno de los primeros borradores, las personas pertenecientes a la comunidad LGBT de Uganda seguían siendo repudiadas por sus familias, acosadas por sus vecinos, encarceladas por la policía e, incluso, asesinadas. Cientos de estas personas huyeron de Uganda principalmente hacia Kenia, donde las condiciones no son mucho mejores.

Kato, de 28 años, afirma que la vida solía ser mejor en Uganda. “Kampala es el centro de diversión de África oriental”, afirma, mientras habla de su ciudad natal. “Teníamos lugares. Lugares que eran amistosos con los homosexuales”. Dice que el propietario de un popular club sobornaba periódicamente a la policía para que no hiciera redadas en el lugar.

Sin embargo, en Nairobi, los refugiados no asisten a clubes. En lugar de ello, reunieron algo de dinero para comprar un reproductor de DVD y un pequeño televisor. “Es mejor que salir a bailar y ser arrestados”, dice Kato. En el piso cerca de la puerta del apartamento se encuentra una alta pila de DVD y CD piratas con canciones y vídeos musicales de populares artistas ugandeses. “La música nos recuerda nuestro hogar”, afirma.

Pero su hogar cambió para él cuando su familia descubrió su secreto. Un día, una mujer jugueteaba con el teléfono del novio de Kato cuando descubrió fotos de la pareja desnuda. La mujer era amiga de la hermana de Kato, por lo que pudo reconocerlo. La mujer le envió las imágenes a su amiga.

“Fue un viernes”, dice Kato, recordando la noche en la que fue repudiado por su familia. “Estábamos fuera. Mi hermana me llamó. Yo salí. Ella fue directo al grano: me preguntó si era homosexual. Antes de que pudiera responder, la comunicación se cortó. Trate de devolverle la llamada, pero no respondió”.

Ella no ha hablado con él desde entonces. El único miembro de la familia de Kato que lo ha hecho es su hermano menor, quien le advirtió que la familia planeaba realizar algún tipo de intervención para él. Kato dejó de ir a trabajar a la tienda de computación de la que era empleado por miedo a que lo encontraran ahí. Convenció a su hermano menor de sacar su pasaporte de la casa y de que se lo llevara. Con este documento en mano, huyó a Kenia.

Le pregunto a Kato si piensa regresar alguna vez a Uganda. Contesta que teme que su familia o la policía lo retengan ahí contra su voluntad. Además, en Kenia está centrado en su futuro y no en su pasado: mudarse a Estados Unidos o a Europa. “Cuando tu familia te vuelve la espalda, es como si todo un capítulo se hubiera cerrado”.

Los refugiados LGBT que viven en Nairobi son sólo unos 500 de entre los cerca de 600 000 refugiados en Kenia. El año pasado, los refugiados de la comunidad LGBT en Nairobi recibieron un número desproporcionadamente grande de lugares asignados para la reubicación de refugiados, pero sólo hubo 75. Los que restan esperan a ver si formarán parte de los pocos afortunados.

Dos docenas de ellos solían vivir en la casa de Rongai, una especie de santuario para los refugiados de la comunidad LGBT en Kenia. Ahí pasan sus días cocinando y limpiando, hablando, enviando mensajes de texto y esperando una llamada de alguna embajada extranjera que les ofrezca un boleto sólo de ida hacia una nueva vida.

En varias ocasiones, afirman los residentes, la policía llegó a la casa de Rongai amenazando con deportarlos a todos. Las autoridades no eran la única preocupación. El año pasado, un refugiado transgénero y dos hombres homosexuales caminaban una tarde para buscar comida cuando fueron atacados por mujeres del vecindario, quienes acusaron a los refugiados de “robarse a nuestros hombres”.

Una tarde de diciembre pasado, un keniano llegó a la puerta de la casa de Rongai con una advertencia: los vecinos planeaban atacar a los refugiados homosexuales aquella noche para expulsarlos de la ciudad. Los refugiados no esperaron. Huyeron y se escondieron en distintos apartamentos de la ciudad.

Muchos de estos refugiados crecieron en familias urbanas de clase media y detestan vivir en un caluroso y sórdido campo de refugiados, como lo exige la ley keniana para todos los refugiados. Son personas urbanas, acostumbradas a ir de fiesta en clubes homosexuales secretos en Kampala. Nairobi también es una ciudad cosmopolita. Un refugiado ugandés recordaba con cariño sus salidas a bailar en muchos de los clubes que abundaban en la “Avenida Eléctrica”, en el distrito de Westlands de la ciudad.

EN LAS SOMBRAS: En Kenia la homosexualidad es considerada como un crimen, y aunque es un fenómeno creciente, el movimiento sigue siendo secreto y objeto de numerosas discriminaciones. Foto: TONY KARUMBA/AFP.

EN LAS SOMBRAS: En Kenia la homosexualidad es considerada como un crimen, y aunque es un fenómeno creciente, el movimiento sigue siendo secreto y objeto de numerosas discriminaciones. Foto: TONY KARUMBA/AFP.

En Nairobi, los jóvenes kenianos suelen vestir ropas modernas de estilo estadounidense: vaqueros oscuros, camisetas de marca con logotipos o diseños y gorras con viseras planas. Muchos refugiados homosexuales visten así también y tienden a mezclarse con las multitudes, aunque otros, especialmente las personas transgénero, se destacan marcadamente y, como resultado, enfrentan abusos verbales y cosas peores. Muchos de los refugiados homosexuales tienen teléfonos inteligentes y comparten selfies constantemente. “Yo solía usar Romeo”, me dice un ugandés refiriéndose a PlanetRomeo, la popular aplicación de citas homosexuales. “Pero luego encuentras que alguien más está contactando al mismo tipo en la misma casa. No encuentras más resultados”.

“Las personas que contactan a kenianos utilizan Grindr u otras aplicaciones”, me dice otro hombre. “Nosotros tratamos realmente de utilizar esas aplicaciones. Pero Grindr se convirtió en un riesgo. Muchísimas personas han sido chantajeadas”.

Un refugiado de 15 años de edad me dice que una vez se vio atraído a una cita mediante WhatsApp, sólo para descubrir que era una trampa tendida por un grupo de hombres kenianos homofóbicos. Cuando llegó, tres hombres lo golpearon, le robaron su dinero y su teléfono y lo dejaron sangrando en el piso.

Algunos refugiados han encontrado una salida. Josephine, una joven refugiada lesbiana de Kampala, me dice que una vez trató de ahorcarse por vergüenza tras enamorarse de una mujer en Uganda. Poco tiempo después, los rumores sobre la sexualidad de Josephine llegaron a oídos de su padre, quien envió a una pandilla de vecinos a que la golpearan. Ella huyó a Kenia. En enero, Josephine se mudó a Chicago. Encontró un departamento en esa ciudad, aunque tiene problemas para pagar el alquiler, pues sólo ha encontrado trabajos esporádicos. Otros refugiados de la casa de Rongai han llegado a los Países Bajos, así como a otras ciudades estadounidenses.

Kato dice que los funcionarios de Naciones Unidas, organismo que maneja las primeras etapas del proceso de asilo, han aconsejado a los homosexuales ugandeses que mantengan un perfil bajo mientras esperan. “Inicialmente no creímos que fuera a tomar tanto tiempo”, afirma. “Mantener un bajo perfil simplemente significa mantenernos encerrados”.

Kato aún no ha recibido los papeles que lo canalizarían hacia la embajada de un país extranjero para su reubicación, y no tiene ni idea de si los recibirá, ni cuándo habrá de hacerlo. “Alguien puede mantener un bajo perfil durante dos o tres meses”, dice. “¿Pero puedes no ser tú mismo durante dos años? Esto se parece más a un arresto domiciliario.

“Básicamente, nuestras vidas están en pausa —concluye—. Cuando nos reubiquemos, entonces podremos pulsar la tecla de ‘Reproducir’”.

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