Opiniones

Mirar al norte

Lecturas por Noé Guerra Pimentel (@noe_guerra_)

Sin caer en el futurismo oficioso ni en la perversidad que suelen conllevar las quinielas políticas, es un hecho que el primer domingo de junio del 2018 México el país entero se verá enfrascado en otra elección federal cuando además de los diputados federales deberemos elegir al próximo Presidente de la República, cargo capital de representación para el que en este momento y según las principales agencias demoscópicas figuran tres, más los que se acumulen, a saber: Margarita Esther Savala Gómez del Campo, Miguel Ángel Osorio Chong y sí, otra vez, Andrés Manuel López Obrador, quien, a diferencia de los otros que pueden o no ser en la recta final, él sí va, aunque sea por su tercera derrota.

En fin, mucha tinta habrá de correr de aquí a cuando ocurran esas definiciones que hoy por hoy a nivel nacional ubican a esos tres como los mejor posicionados, sin embargo debemos apuntar que en política nada hay escrito y si lo está se borra y punto. A todo esto no debemos perder de vista lo que sucede en el vecino país del norte, desde siempre el indeseable factótum de los procesos electorales y políticos de nuestro país, solo recordar que aquí nadie llega sin el aval de la Casa Blanca, de ahí que tengamos qué ver de los de allá cual sería el que más nos convendría a los mexicanos, tanto a los millones que ilegales y residentes radican allá como a nosotros los que vivimos acá, para lo que convendría evaluar los perfiles y empezar a operar desde acá entre los nuestros de allá a favor del que menos nos perjudique como raza y como Nación.

Lo anterior es fundamental y para esto solo baste un dato duro e irrebatible: El Pacto Mérida. También llamado “iniciativa”, sin decir de quién, y que en diciembre del 2008 fuera suscrita por el entonces presidente Felipe Calderón, precisamente en aquella ciudad del sureste mexicano, cuando el Republicano George W. Bush jr., vino a “presentar –imponer- su –parcial- iniciativa”, documento punitivo del que al final el boletín diplomático de ambos países dijo: “México y los Estados Unidos firmaron la primera Carta de Acuerdo, escribiendo así un capítulo histórico de cooperación y reconocimiento de las responsabilidades compartidas de ambas naciones con el fin de contrarrestar la violencia ocasionada por las drogas que amenaza a los ciudadanos en ambos lados de la frontera.”

Lo que no dijeron y que realmente pasó, como consta, fue que el Gobierno mexicano se entregó por la pírrica migaja de 2.3 mil millones de USD pagaderos en especie y parcialidades, según, para contener el tráfico de armas, dinero y drogas entre ambos, cuando la realidad fue contraria: por un lado, como es evidente, se mediatizaron los cuerpos militares con armas obsoletas, equipamientos caducos y entrenamientos inoperantes, además de exponerles en las calles, donde más que inhibir el crimen se atemoriza a los ciudadanos; y, por el otro, de par en par se abrieron las puertas al crimen que con gente, equipos y armas de última generación en estos años creció incontenible, periodo en el que hemos visto cómo lo que se iba a combatir solo se le ha fortalecido.

Fenómeno que allá en Norteamérica se dio a la par de la estabilización y crecimiento de una de las principales industrias estadounidenses: la armamentista; mientras que acá operó en detrimento de amplios sectores mexicanos donde se han disparado los índices delincuenciales, los crímenes de alto impacto, la violencia generalizada y, en paralelo, las negativas tasas de desempleo, la deserción escolar y el rompimiento incontenido del tejido social, impactándonos en lo cotidiano, no solo en la nota roja, sino cada vez más en nuestras relaciones individuales, movilidad y, de forma más dramática, en nuestros bolsillos.

Es por eso que no debemos ni podemos mantenernos pasivos o apáticos ante lo que el martes 8 de noviembre de este 2016 se concretará en la Unión Americana con la elección presidencial y donde para asombro de muchos, yo entre ellos, crece la figura de alguien como el precandidato republicano que caracterizado por su discurso de odio, discriminación e intolerancia se posiciona en las preferencias, principalmente entre una clase media que bajo la artificial amenaza de una presunta pérdida de privilegios se aglutina en torno a esa figura antidemocrática, fatua y violenta de las minorías, como el tal Donald Trump. Estamos a tiempo.

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