Juan Carlos Yáñez Velasco

Ponerse en zapatos ajenos

En Las virtudes del fracaso (México, Ariel, 2018), Charles Pépin relata la iniciativa de Philippe Hayat, jefe de empresa y escritor, quien, en 2007, creó una asociación de cien mil empresarios para charlar en institutos y colegios. En el libro del emprendedor, titulado El futuro al alcance de la mano, se recoge la experiencia de mujeres y hombres que acudieron a las aulas para explicar el oficio de empresario: “empezar por un deseo, por una idea, por una necesidad, encontrar financiación, limitar el riesgo, y luego atreverse, probar suerte”.

El miedo al fracaso es la limitante principal de la juventud, se concluye; cito a Pépin: “Si bien consiguen a veces encender una luz en los ojos de la juventud, chocan con ciertas preguntas recurrentes: ¿Cómo se hace si no se tiene dinero de entrada? ¿Cómo se sabe si la idea es buena? Pero una pregunta acude con mucha más frecuencia que las demás: ¿Y si fracaso?”.

La idea me parece estupenda entre nosotros. Replicable totalmente, sobre todo, si se suman otros oficios, como los políticos profesionales, gobernantes, diputados, periodistas, por citar algunos. Y se enriquecería con un pequeño ajuste a la idea original de Hayat: en lugar de una charla, una jornada completa en un salón, o en varios, como hacen todos los días los maestros.

Los resultados, hipotetizo, serían más que positivos. Si no se consigue la motivación para que los estudiantes se interesen en empezar sus empresas cuando llegue el momento, los empresarios, políticos, gobernantes y demás, podrían sensibilizarse con la situación real, de precariedad en muchísimas escuelas, con las condiciones a veces duras en que laboran los maestros, y la exigencia física y emocional del trabajo pedagógico.

Posiblemente no aterricen extraordinarias cantidades de dinero en el siguiente presupuesto, pero con un poquito de comprensión habríamos dado pasos enormes.

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